LA IGLESIA DEL HORROR. Horrificam ecclesia.

En la historia Remota de Antequera, existen  leyendas que describen el pavor que infunde un respeto ancestral del hombre, a recibir el encuentro con las sombras más allá del umbral de la muerte.
Tal es el caso de la leyenda que presento a continuación, en la cual  un noble Antequerano, Hernando de Narvaez, a través de un ingenioso ardid, defendió su posible suplanto como alcaide de la ciudad ante el mismísimo Rey de España en el Siglo XV.
En el año de Gracia de 1467, el Rey Enrique IV de Castilla acompañado de su sequito y una gran guardia militar encabezada por Don Alonso de Aguilar se dirigía a la plaza de Antequera con el propósito de sustituir al alcaide vigente en aquel tiempo  Hernando de Narváez.
El Alcaide conocedor de pasados hechos acontecidos que revelaban  las intenciones del monarca, y a su vez, conocedor de la fragilidad en el temperamento del rey. Fragua una estrategia sin parangón que haría temblar hasta el más valeroso de los hombres.
Hernando de Narváez ordena cerrar las puertas de la ciudad a la comitiva real. Tan solo dejaría pasar al Monarca a través de un pequeño postigo advirtiendo a éste de que no poseía las llaves de la plaza. Su Majestad con una compaña de dos soldados atraviesa el dintel  del postigo y es recibido por el anfitrión Hernando de Narváez, este le tranquiliza y le rinde pleitesía diciéndole que de ningún modo corría peligro alguno, si no la pretensión de velar por la  seguridad de separar la compañía de Alonso de Aguilar, señalando a este como traidor al reino. Al que nunca se le flanquearía el paso a la ciudad. Dicho aquello se encaminaron hacia la ya desaparecida iglesia de San Salvador  a celebrar  la acogida del Rey.
Cual no fue la Horrible sorpresa que se llevó Enrique IV al ver  un escenario Dantesco  por atravesar las puertas de la iglesia. Tan solo con pisar el suelo del templo,  el soberano enmudeció  de terror  al contemplar tal escenario. Sus ojos  presenciaron un lugar oscuro y sombrío, tan solo iluminado por ocho cirios colocados alrededor de un féretro cubierto de paños y oro. Instancias como el altar, presbiterio y bóvedas  estaban  llenas de esqueletos y osamentas  desenterrados,  adornados con  signos de muerte por doquier.  Hombres y mujeres proferían llantos desgarradores.
En el Féretro descansan los restos del primer alcalde y héroe en la conquista de la ciudad Rodrigo de Narváez. Un cadáver embalsamado que en sus manos prendía las preciadas  llaves que solicitaba el Rey. Y que maliciosamente Hernando de Narváez profirió a que las cogiera el mismo Enrique IV. Cuenta lo inverosímil del relato que el difunto yacente en su tumba, blandía estas para que su Rey las cogiera.
Ante Tal Horror el soberano callo de rodillas y dando fe de todo lo acontecido, juro nunca arrebatar el cargo de alcalde regente a la estirpe de los Narváez.

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