LA BEATA MARINA DE ALONSO. Sanctum Corpus Incorrupta.

Una de las leyendas más arraigadas en el saber popular Antequerano es sin duda la referente a la Beata “María” Marina de Alonso, cuyo cuerpo incorrupto descansa en su sarcófago que se encuentra en la Iglesia de los Remedios de los siglos XVII- XVIII. Es una especie de ataúd de madera en forma de arcón que cubre una urna fúnebre y se encuentra a la derecha del sagrario.

Cuenta la leyenda que esta Beata avisa cuando las luces del sagrario se agotan. También  y más conocido es el hecho de que los fieles que le recen o imploren sus favores, si también se prestan o atreven a dar tres golpes a su arcón, esta los devuelva de inmediato.

En el Romancero heroico dedicado a Marina Alonso  que aparece en el libro del  Presbítero

Cristóbal Fernández – “Historia de Antequera desde su fundación hasta 1800…”- se recoge como una vez muerto su marido el Hidalgo y Varón  Juan Delgado  se le aparece

– Describiéndolo como penar de alma errante  –  tres veces para pedirle que oficiaran misa en su honor por sus pecados  cometidos en vida. Quizás sea este el origen de tal leyenda.

La Venerable Beata Marina de Alonso  nació en el año 1572 y murió a la edad de 64 años en la primavera de 1636. Perteneciente a la orden franciscana tuvo una vida de rectitud que le llevo a poseer una  fe inquebrantable atribuyéndole  pasajes de milagros tanto en vida como en la muerte. Fue enterrada en la capilla mayor del colegio de Santa María de Jesús, templo que solía visitar con frecuencia al ser esta una orden cuyos miembros les servían de guía espiritual.

Diez años más tarde al iniciarse unas obras de rehabilitación en el altar mayor, encontraron el cadáver incorrupto de Marina de Alonso  junto con sus hábitos que le sirvieron de mortaja .Ni el paso del tiempo, ni la humedad, ni la tierra habían hecho mella al cadáver e inclusive desprendía un olor característico de flores que son consideradas signo de santidad en innumerables casos  similares. Fue depositada en una urna de cristal para que todos los Antequeranos pudieran en aquella fecha observar tal prodigio en la plazuela del” Portichuelo “.Hay que señalar que efectivamente se le hizo cierto daño al cadáver de Marina Alonso durante los trabajos de exhumación y con una pica se le desolló la nariz y el pié izquierdo, en cuyas heridas según la rumorología popular manaba sangre.

El inusual hecho de que la incólume Beata apareciera indemne, fue reforzado por la aparición de los cadáveres de otros religiosos que se encontraron reducidos a cenizas en el mismo ámbito. El Padre Fray Antonio Pérez  circunscrito religioso provincial fue quien interesado por lo acontecido puso en manos del Santo Oficio (Tribunal Inquisitorial de la jurisdicción de Sevilla)  bajo la supervisión del Padre Fray Miguel de Badillo, la constancia en acta e informe de la veracidad de los milagros acontecidos y atribuibles a la Beata. Testificados bajo juramento de las gentes del Pueblo de Antequera.

En el antes mencionado Libro del Presbítero Cristóbal Fernández  y con más énfasis en el romancero heroico dedicado a esta beata. Aparecen descrita su forma de vida y algunos milagros acontecidos como el hecho de conseguir que la Talla del Cristo de Jesús Nazareno  le mirara y moviera la cabeza como atendiendo a sus plegarias.

Andaba descalza todos los sábados a recibir sacramento sin que la lluvia, frio, o tormenta se lo impidiese, Dormía en una cama de tablas con solo un cuero que lo cubriese, ayunos en cuaresma y toda clase de sacrificios por tener más cerca a Dios.

Socorría al enfermo y a las parturientas. Daba de comer al hambriento  y pedía oficiar misas por todo aquel difunto que conociere. Actos que le llevaron a ganar licencia episcopal para peregrinar a Roma, no pudiéndose realizar tal viaje por una enfermedad que sufriera.

Para Terminar añadiré un hecho insólito acaecido en tiempos de la exhumación del cadáver de la Beata y que según Cristóbal Fernández escribe en su obra, fue Presenciado por el  Padre Rector Obispo de Málaga. Se cuenta como del cerebro de Marina Alonso  manaba una especie de elixir que curaba todos los males y enfermedades  a todos los vecinos que acudían en pos de favorecerse de este milagro. Tal es la demanda de este líquido que se ve agotado rápidamente. El Rector pide al cadáver que siga manando el líquido extraordinario y la Beata obediente en vida como en la muerte vuelve a producir el efluvio prodigioso hasta tal punto que corría por sus brazos y pechos.

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